7/6/08

Un economista no lo puede saber todo, pero no puede ignorar nada

Por John K. Galbraith

Comprender el funcionamiento de la actividad económica es comprender la mayor parte de nuestra vida. La mayoría de nosotros pasamos el tiempo considerando la relación entre el dinero que ganamos y el dinero que necesitamos. La economía trata de lo que ganamos y de lo que podemos comprar. Está en el corazón de la vida social. Ésta es la razón por la que comprender la economía le permitirá comprender la preocupación principal de la vida.



Nosotros, los economistas, nos protegemos del mundo exterior adoptando un lenguaje que nos es propio. Cada profesión recurre más o menos al mismo procedimiento. Existe la jerga de los médicos, la de los abogados, la de los psiquiatras y, a lo que parece, la de los rateros. Todos adoran verse como grandes sacerdotes en posesión de un saber o de una mística inaccesibles al común de los mortales.



Las razones de las diferencias de opinión son múltiples. En la base está el interés personal de cada economista. Pero la cortesía exige no considerarlo con demasiado detenimiento. Un economista al servicio de un gran banco de Nueva York no suele arriesgarse a proponer conclusiones contrarias a los intereses de la firma tal como los entienden sus directores. Y éstos se suman cómodamente a las declaraciones públicas de ese economista providencial. En los Estados Unidos, y es un signo de buena salud, hay siempre desconfianza hacia los puntos de vista de un economista cuyos vínculos con la firma pasen por una nómina. Hay muchas probabilidades de que sus apreciaciones sean diferentes de las del economista empleado por un sindicato obrero.


No es difícil ver dónde se sitúa el interés de cada cual; basta con atender a nuestro viejo instinto y responder a la pregunta: ¿quién paga? Si un economista es demasiado alabado por los ricos, hay que ponerse en guardia. En la persecución de sus intereses personales, los ricos están afectados por un vago sentimiento de culpabilidad. Aquel que contribuye a liberarlos de él tiene asegurado su apoyo, con lo que aprenderá rápidamente más a consolidar ese apoyo que a indagar la verdad.



Un economista no lo puede saber todo, pero no puede ignorar nada.



El poder profético de los economistas es muy limitado. Se nos debe juzgar por nuestros análisis y por las medidas que recomendamos y no por nuestras previsiones sobre la Bolsa o sobre los precios del petróleo.



La inflación es el alza continua de los precios, no el aumento de algunos precios y el descenso de otros, sino la elevación del conjunto de los precios. Y en estos precios en alza se incluyen las rentas y los salarios (al menos los de los privilegiados).



Crecimiento económico e incremento de la producción significan lo mismo.



Una mujer de la vida que haga pagar sus afectos contribuye al PNB, al menos en principio. Ahora bien, una amante que ame y sea amada está excluida.



En el terreno de la economía, toda especialización, toda delimitación artificial del análisis, es fuente de error. Es imposible aproximarse a la verdad si no se estudia el conjunto de la actividad económica.

Fuente: Galbraith, Introducción a la economía, Crítica, España, 1979.

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