21/4/08

Ética

Por Bertrand Russell

Como definición provisional podemos considerar que la ética consiste en principios generales que ayudan a determinar las reglas de conducta.



Todo el mundo admite la mentira en el caso, por ejemplo, de toparse a un homicida maniático que persiguiera a un hombre con el propósito de asesinarle y nos preguntara por dónde había pasado aquel hombre. Se admite asimismo que la mentira es un aspecto legítimo del arte de la guerra, y también que el sacerdote puede mentir para guardar un secreto de confesión y los doctores para proteger la confidencia profesional de sus pacientes.



No corresponde a la ética establecer las reglas efectivas de conducta, tales como, por ejemplo: “No hurtaras.” Esto es asunto de la moral. A la ética le incumbe proporcionar una base de la que estas reglas puedan deducirse.



Pudiera argüirse que se deriva mucha más felicidad del amor que del odio: más las personas no pueden sentirse cariñosas por encargo, y del amor que no es sincero no se deriva satisfacción.



Nuestros deseos son producto de tres factores: disposiciones naturales, educación y circunstancias presentes. El primer factor es muy difícil de tratar por ahora, por falta de conocimiento. El tercero entra en juego mediante la ley criminal, los motivos económicos y la reputación o censura social, que inducen en general, y en interés del individuo particular de una comunidad, a procurar el interés del grupo dominante en la misma. Pero esto se efectúa de manera externa, no por creación de buenos deseos, sino produciendo un conflicto entre la codicia y el temor, en el que se espera que venza el miedo. El método verdaderamente vital es la educación, en el amplio sentido en que se incluye el cuidado del cuerpo y la formación de los hábitos en los primeros años. Mediante la educación pueden cambiarse los deseos de los hombres, de tal modo que obren espontáneamente de una manera social.



Nuestro empleo de las palabras es más constante que nuestros deseos, y, por consiguiente, continuaremos llamando buena a una cosa aun en momentos en que efectivamente no la deseamos, justamente por lo que llamamos siempre verde a la hierba aunque a veces sea amarillenta.



La buena vida es la vida inspirada por el amor y guiada por el conocimiento

Fuente: Russell, Bertrand, Fundamentos de filosofía, Plaza & Janes, Barcelona, 1974.

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