27/2/08

Nunca murió

Por Ramiro Díez

En Rosario, Argentina, nació un niño que al parecer tenía los días contados: nació con serios problemas de asma y los médicos fueron incapaces de controlar sus ataques súbitos y violentos.

Cuando tenía menos de un mes de nacido, su padre fue advertido por los médicos: tendría que prepararse para lo peor. Así que, golpeado por la pena, salió y compró un ataúd pequeñito, blanco, que le cabía bajo el brazo.

Cuando llegó a casa, se quedó maravillado cuando vio que el niño estaba pegado al pecho de su madre y tomaba leche con una fuerza extraordinaria. Entonces, conmovido, dijo:

“¡Se salvó el niño… se salvó! ¡No se va a morir nunca!”

El niño se llamaba Ernesto. Ernesto Guevara de la Serna. Y las palabras emocionadas de su padre, sin saberlo fueron proféticas porque Ernesto Guevara de la Serna, mundialmente conocido como El Che Guevara, de alguna forma, nunca murió.

Ernesto Guevara se graduó como médico y pronto destacó por su vocación de entrega a los demás, por su inquebrantable actitud de rechazo ante la injusticia.

Deseoso de conocer nuestro continente, realizó varios viajes y en uno de ellos conoció a un puñado de muchachos soñadores que se alistaban para derrocar la dictadura sempiterna de Fulgencio Batista, en Cuba.

Él mismo cuenta que, después de llegar a la isla, fueron barridos por la metralla oficial y quedaron apenas doce hombres que después habrían de escribir la epopeya.

El resto es historia. Vino el triunfo de la revolución, y luego sus ansias de seguir el camino de la liberación lo llevaron primero al África y luego a Bolivia.

Y allí, herido y capturado por el ejército, fue asesinado por un sargento borracho, asustado y tembloroso al que le pagaron su tarea con un reloj de pulsera y 45 dólares.

Fue un... 9 de octubre de 1967. Y con esa ráfaga, el Doctor Ernesto Guevara de la Serna, moría para vivir por siempre en la historia.

Fuente: http://www.ramirodiez.com/

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